Encontrado en un blog abandonad que parecía prometedor:
‘¿Cómo hablar a los muertos? ¿Qué decirles mientras se están muriendo? ¿Qué contarles para dejarlos irse, para no retenerlos, unos minutos más, sólo eso? Porque al tratar de hablarles, mientras se van –no quieren irse-, regresan a la memoria las cosas compartidas, las que aferran a la vida. “¿Te acuerdas?” Son ligeros, cada vez más ligeros. Son sólo una caricia leve sobre el rostro, si acaso. Se despiden en silencio. No tienen nada que decir porque, como nosotros, sólo tienen recuerdos de la vida. Se acuerdan. A veces son más fuertes que nosotros. Casi siempre. Se están yendo, se van. Se han ido. Y hay que dejarlos irse, a los muertos. Tienen un largo camino por delante, muchos días en que serán acechados por desasosiegos, hasta encontrar la luz. Durante ese periodo, según la hermenéutica tibetana, temerán, sobre todo, que los maten los espíritus aterradores que irán apareciendo a su paso, temerán la muerte incluso tras la muerte. Temerán recordar. Y ese día me senté a su lado y, ligero como era ya, empecé a recordarle lo que vería. Le recordé, sobre todo, que los peligros más temidos no podían ya hacerle daño. Hablé a su oído durante el estado intermedio en que los muertos aún escuchan, dice la hermenéutica tibetana. Y en vez de hablarle de los momentos compartidos, del pasado –“¿te acuerdas?”- para que quisiera quedarse, le hablé del futuro que le esperaba porque tenía que irse. Se había ido. Yo le hablaba. Hay que dejar que los muertos se vayan, aunque nosotros nos quedemos. Hay que dejarlos irse, a los muertos. [...] Y es que lo terrible de la muerte no es la manera en que nos priva de la presencia de las personas amadas, de su voz; no es tampoco la soledad ni la pérdida de cuerpo en la cual nos sumerge. No. Lo aterrador de la muerte no son los objetos tangibles que deja desperdigados tras su paso devastador –ropas familiares, cartas recibidas, fotografías en desorden, libros subrayados, frascos de perfume a medio consumir... Lo que perturba de la muerte es el modo incierto en que impone el recuerdo, primero como una obsesión, para diluirlo luego, de forma imperceptible, hasta que un día nos desposee por completo de la efigie de los que se han ido.’ Estrella de Diego, Travesías por la incertidumbre, Barcelona, Seix Barral, 2005
Cinéfila y pseudoescritora. Amante de la lluvia y del café. Coyoacanense de corazón y nacimiento, habitante de la luna por las noches. Odio los antros, las fiestas sin sentido y las faltas de ortografía.
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