Recordé de pronto la primera vez que me sentí "libre". Recordé los colores de aquella tarde, las risas, el cómo sonaba mi voz entre las de aquellos casi desconocidos. Me vinieron a la mente sus rostros, rostros que ahora se ven cubiertos de polvo y de nostalgia. Recordé las primeras cicatrices de la tristeza, la primera bocanada de tabaco bien fumada, el primer "fondo" de cerveza. Vaya lista interminable. "¿Cuántas veces en la vida se puede ser joven?" La primera persona que se lo preguntó a sí mismo (que yo sepa) es algo más grande que yo, y sin embargo le entiendo cuando dice que siente que se le acaba el tiempo. Porque, a pesar de todo, así es: El tiempo se escapa, se escurre, porque es esa su naturaleza. Uno no puede negar que cada día adquiere nuevas manchas, nuevas cicatrices, nuevos rincones en el alma. Uno simplemente no lo puede negar, como tampoco el hecho de que no es fácil, sino que al contrario, a cada paso se va desmoronando un poco nuestro ser, como los castillos de arena, que al atardecer arrastran las olas. Se desmoronan porque nada nos sigue toda la vida. Se pierden los rostros como se pierden los objetos, uno se cambia de casa, de escuela, y deja detrás de sí un poco de lo que solía ser. Y simplemente no se puede evitar, es esa la naturaleza del tiempo, de la vida. Pero creo que lo curioso de ésta no es cómo al avanzar nuestros rasgos se desmoronan, sino cómo se transforman, evolucionan, nos convierten en un ser desconocido incluso para nosotros mismos, se crean mundos distintos listos para ser explorados, cielos nuevos listos para dibujarse…