Mostrando entradas con la etiqueta nostalgia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nostalgia. Mostrar todas las entradas

6/5/10

Pretendamos que nunca pasó



Llegué y me senté en una banca solitaria. Fingí que esperaba a alguien. Miraba de un lado a otro, como buscándote. Traté de fingir que eras tú, cuando alguien se acercó a pedirme fuego. Fingí haber quedado contigo, a una cuadra del café donde te conocí. Como si así se fueran a calmar mis ansias. Como si así, hubiera sido menos grave, menos poco conveniente, encontrarte una vez más. Ayer, llegué a Coyoacán y me senté sola en una banca. Como si fueras tú quien llegaría a tocarme el hombro y preguntar "¿Te conozco?". Así que fingí esperarte a una cuadra del lugar donde te conocí. Al pasar por ahí no pude evitar notar que ahora es una estética. De esas que llaman "unisex" y es atendida por hombres claramente homosexuales. Vaya irónica coincidencia. Pero fingí que seguía siendo aquél café. Aún a veces me asomo por mi ventana como si en cualquier momento fueras a llegar a lanzarle piedritas. Con la plena conciencia de que, si eso llegara a pasar, la cerraría con fuerza y me alejaría de ahí. Ayer pasé un rato fingiendo que te esperaba... con la esperanza de nunca más volverte a ver.

8/4/10

Cómo hablar a los muertos



Encontrado en un blog abandonad que parecía prometedor:

‘¿Cómo hablar a los muertos? ¿Qué decirles mientras se están muriendo? ¿Qué contarles para dejarlos irse, para no retenerlos, unos minutos más, sólo eso? Porque al tratar de hablarles, mientras se van –no quieren irse-, regresan a la memoria las cosas compartidas, las que aferran a la vida. “¿Te acuerdas?” Son ligeros, cada vez más ligeros. Son sólo una caricia leve sobre el rostro, si acaso. Se despiden en silencio. No tienen nada que decir porque, como nosotros, sólo tienen recuerdos de la vida. Se acuerdan. A veces son más fuertes que nosotros. Casi siempre. Se están yendo, se van. Se han ido.
Y hay que dejarlos irse, a los muertos. Tienen un largo camino por delante, muchos días en que serán acechados por desasosiegos, hasta encontrar la luz. Durante ese periodo, según la hermenéutica tibetana, temerán, sobre todo, que los maten los espíritus aterradores que irán apareciendo a su paso, temerán la muerte incluso tras la muerte. Temerán recordar. Y ese día me senté a su lado y, ligero como era ya, empecé a recordarle lo que vería. Le recordé, sobre todo, que los peligros más temidos no podían ya hacerle daño. Hablé a su oído durante el estado intermedio en que los muertos aún escuchan, dice la hermenéutica tibetana. Y en vez de hablarle de los momentos compartidos, del pasado –“¿te acuerdas?”- para que quisiera quedarse, le hablé del futuro que le esperaba porque tenía que irse. Se había ido. Yo le hablaba. Hay que dejar que los muertos se vayan, aunque nosotros nos quedemos. Hay que dejarlos irse, a los muertos.
[...]
Y es que lo terrible de la muerte no es la manera en que nos priva de la presencia de las personas amadas, de su voz; no es tampoco la soledad ni la pérdida de cuerpo en la cual nos sumerge. No. Lo aterrador de la muerte no son los objetos tangibles que deja desperdigados tras su paso devastador –ropas familiares, cartas recibidas, fotografías en desorden, libros subrayados, frascos de perfume a medio consumir... Lo que perturba de la muerte es el modo incierto en que impone el recuerdo, primero como una obsesión, para diluirlo luego, de forma imperceptible, hasta que un día nos desposee por completo de la efigie de los que se han ido.’
Estrella de Diego, Travesías por la incertidumbre, Barcelona, Seix Barral, 2005

24/2/10

Tesoros



Cuando era niña, y mi papá vivía, íbamos seguido a algún Sanborns* que en este momento no recuerdo. En alguna ocasión, vagando entre los pasillos en los que están los juguetes y los duces, encontré una caja metálica azul con rosa en un mostrador, con cara de "llévame contigo". Y así lo hice. Después de mucho rogarle a mis padres, logré que la lata acabara en algún lugar de mi entonces desastrosa recámara, que compartía con mi hermano. Yo tendría a penas edad para contar los años que tenía de vida, y la caja, que cuando la tomé por primera vez del mostrador era enorme, no duró mucho tiempo siendo el centro de mi atención. Fue años después que la encontré, no recuerdo cómo, no recuerdo dónde. Fue una de esas primeras veces que me sentí atacada por la nostalgia. Fue una de las primeras veces que después de años volví a ver algo que había ya olvidado por completo. Y cuando digo "olvidado por completo" me refiero a que no era siquiera un "olvidé", sino un "olvidé que olvidé". ¿Sabes a qué me refiero? esas cosas que ves y sabes que has visto antes pero no recuerdas dónde ni cómo.

(Pausa para salir a fumar)

Después de encontrar la lata pasé al menos una hora de mi vida seleccionando de mi habitación cosas que ya no eran útiles y alguna vez significaron algo para mí. Y a partir de ese día, de vez en cuando ponía cosas dentro que me harían recordar lo que ha sido de mi vida, cosas que no quería olvidar, detalles a veces insignificantes. Llené de recuerdos esa pequeña caja, un scrapbook de objetos pequeños que son ahora mis pequeños tesoros. Momentos, personas, lugares y demás cosas que han ido formando lo que soy y lo que seré. Luego compré un baúl de madera estilo rústico, que hoy contiene esa lata, algunos otros tesoros y la caja de cartón que empecé a llenar cuando sentí que la lata era ya cosa del pasado, y nada que pudiera obtener acabada esa etapa tendría un lugar en el espacio que alguna vez destiné únicamente a almacenar los restos de mi infancia y mi adolescencia. Sólo dos personas conocen el interior de mi baúl y sólo uno de ellos tiene una copia de la llave del candado, que varias veces mi hermano y mi madre me han dicho que parece de juguete (es más bien simbólico). Y así planeo dejarlo.

15/2/10

Falta de inspiración



Traté de encontrar inspiración en blogs ajenos. Busqué entre las nubes y me atoré con las antenas de los edificios. Volé entonces a las montañas, pero me perdí dando vuelta en el humo de los coches esquina tu recuerdo. Encontré a un viejo amigo en algún lugar cerca de coyoacán y no lo saludé. Luego volví a casa, un poco más vieja y con los pies cansados. Supongo que olvidé cómo escribir... un café ayudará... ¿vienes?...

13/12/09

El momento exacto

Te presento a mi canción para dormir...


No recuerdo el momento exacto en el que mi filosofía de “no dormir sin sueño” dejó de funcionar. Yo supongo que tiene algo que ver con el día en que la escuela dejó de ser una obligación y se convirtió en un reto personal. Sin embargo hay noches en las que lo poco que queda de mi magullada alma de poeta me obliga a encender la lámpara junto a mi cama, a pesar de ya tener la laptop apagada y guardada debajo de la cama. Y regreso a mi viejo amigo el cuaderno. Sí, ese artefacto rústico con un resorte de alambre y hojas de papel. ¿Tú recuerdas el momento exacto en el que la computadora dejó de ser un juguete?... Yo no. De hecho tampoco recuerdo cuándo fue que el celular se volvió parte de mi mochila y esta parte de mi cuerpo. Ni cuándo buscar novio para dejarlo a la semana dejó de ser una prioridad en mi vida, ni cuándo comencé a entender las pláticas de los adultos. Tampoco recuerdo la primera vez que un olor me trajo un recuerdo, pero recuerdo lo extraño de la sensación. Estoy segura de que fue después del 2000… supe que la sensación tenía nombre bastante tiempo después. ¿Tú recuerdas el momento exacto en el que dejaste de ser un niño?... Yo tampoco, pero apuesto a que tiene algo que ver con el día en que descubrí la nostalgia.


has notado que a las 11:35 siguen siendo las 11:30 y a las 11:38 ya son casi las 12?

22/10/09

...

Anoche encendí la vela morada que compramos en el waldos, sólo por el gusto de verla arder. Me fumé un par de cigarros y me quedé con antojo de cerveza. Y me puse a perder el tiempo en internet. Es impresionante la cantidad de cosas estúpidas en las que uno puede perder el tiempo, como en pensar en qué poner en la siguente entrada de un blog sin sentido. Te imaginarás que no se me ocurrió nada, y por eso ahora, ya de día, escribo en una entrada sin sentido para mi blog sin sentido, que no tengo nada interesante que decir.

La vela, por cierto, huele bien a pesar de ser de waldos xD

27/9/09

Noches de insomnio





La primera vez que decidí no dormir fue una noche en que mi madre salió con su novio, cuando aún no vivía con nosotros, hace poco más de cuatro años. Pasé hasta las 3 de la mañana escribiendo en el techo de la casa, y luego hasta las 8 en la computadora. Descubrí que un par de mis contactos dormían solo de día, y pensé que sería genial vivir así; sola y de noche. Prácticamente no dormí en dos meses, y fue una de las mejores épocas de mi vida. Luego descubrí lo que era el insomnio... eso ya no era divertido, aunque fue cuando escribí uno de mis mejores poemas y creé cierta obsesión con el tiempo que desde entonces no me deja en paz. Fue también por ese tiempo cuando conocí a alguien que aún ahora me roba el sueño. Entonces jamás se me hubiera ocurrido que algún día me haría falta mi insomnio. Lo extraño, y sé que suena ilógico (yo así lo creería, si no fuera yo). Hay dos noches en particular que recuerdo, a parte de la primera. Una, en la que me quedé a tomar vía msn con un amigo, tenía cigarros de sobra y alcohol suficiente. Fue cuando pensé más seriamente en comprarme una camioneta e irme a vagar por el mundo. La otra noche, fue una de las veces que cierta persona que no me deja dormir, regresó a mi vida (para irse después, pero esa es otra historia). Son muchas las canciones que me han acompañado en mis noches de insomnio, pero son solo dos las que son capaces de mantenerme despierta más de 24 horas seguidas.